El secreto profesional médico: Encrucijadas

Examinar los supuestos históricos que comprende el secreto médico, no deja de ser una empresa inabarcable, pues tendríamos que analizar  situaciones, que van  desde el arqueológico juramento de Hipócrates, con sus plagas y supersticiones, hasta el nuevo amanecer del siglo veintiuno… con sus plagas y supersticiones. 

Dos mil años y una civilización, comprimidas en folio y medio exigen cuanto menos un ejercicio de síntesis casi autolítica. Desde el primer grito sin anestesia, desde el primer intento, reiterado y torpe de trepanación –pac-pac, hasta la primera póliza de seguro, el médico, ha sido y sigue siendo “ receptor y protector de la intimidad del paciente”.   

En cierta ocasión se presento en la consulta de un asegurado de Uniteco Profesional, una joven de dieciséis años, muy conocida en la farándula mediática, que deseaba quitarse un lunar de la cara. El nevus congénito, era muy apreciado como distintivo de la familia, pero a ella no le agradaba su compañía y no quería que sus progenitores se enterasen de su maniobra exterminadora.

El médico pudo finalmente llevar a cabo la intervención, guardando el secreto profesional amparándose en el hecho de que se trataba de un “menor maduro”. La Ley de Autonomía del paciente y el Código Civil así lo reconocen, siempre que no se trate de “obras mayores” como un trasplante de órganos o una esterilización, donde si es necesario el consentimiento de los padres. Ahora la paciente está casada y el nevus está esperando a reencarnarse en cuanto ella tenga descendencia…               

Me viene ahora a mi cabeza cubierta de rizos, un caso curioso, que llevé en el despacho. Era un estudiante de medicina, que en una de aquellas visitas de facultad a un centro sanitario y en compañía de su profesor, examinó a una paciente, que resultó ser su vecina del 8º C.  Su historia clínica revelaba un incipiente estado gestacional. Le faltó tiempo al gañán para comentar el alegre evento en la escalera del portal, ante la incredulidad de los padres de la gestante (…no es  posible…(fase de negación) y la sorpresa avinagrada del que ahora es su ex novio (sin comentarios). Sin saberlo, el estudiante, había incurrido en un delito de revelación de secretos ajenos (artículo199.1 del Código Penal), pero por suerte, no en una vulneración del secreto profesional, ya que aún no era médico. A pesar de ello recibió una grave amonestación de su profesor, quien le recordó, que a pesar de ser estudiante, compartía los mismos criterios éticos que un médico. Hoy este muchacho es asegurado de Uniteco Profesional, paga su póliza puntualmente y es un prestigioso neurólogo.

También cambió la vida de Josefa, la viuda de otro de mis clientes. La pobre se encontró con que no le dejaban enterrar al marido con sus doscientas historias clínicas (deseo póstumo, con placas y anotaciones marginales incluidas) y …tampoco le dejaban tirarlas por el hueco del ascensor.

Le expliqué, que los contenedores, ya estaban en su mayoría alquilados como pisos de protección oficial (hay que cumplir las promesas electorales) y que la custodia de las historias clínicas del médico con consulta privada, cuando fallece, es una cuestión compleja, pues, depositarlas en el Colegio de Médicos o llevarlas al centro de salud de referencia de los pacientes, plantea graves inconvenientes, pudiendo ser una posible cesión ilícita de datos. 

- Hasta que punto llega lo del secreto profesional, le dije, que aunque fallezca un paciente, se debe seguir manteniendo el secreto profesional, toda la vida, salvo que el finado hubiera consentido expresamente que esos datos fueran comunicados a terceras personas .-Pero esto es de locos…¡Ayúdeme a esparcir la gasolina que es solo un momento!- Aquella bonzo abuela, me permitió recordar, que incluso en relación a las personas con deterioro cognoscitivo que acuden solas a la consulta, se debe respetar la confidencialidad hasta el momento en que hacerlo suponga un riesgo para el paciente (y para el médico).

Por cierto, tuve que defender en mis primeros años de letrado, a un cirujano, apodado “El Gepetto”, que comenzó a hacer fortuna, como si de un torero se tratara, a base de rinoplastias relámpago, que realizaba in extremis mientras los pacientes veían la tele o aprovechando la siesta para ahorrar anestesia. No transcurrían ni dos meses desde la cirugía, cuando los pacientes recibían propaganda de su clínica y prótesis varias a precio de saldo. El Tribunal Supremo, consideró que su actuación era constitutiva de un delito de utilización de información privilegiada. Al poco tiempo me llamó, porque la temida Administración tributaria había solicitado datos fiscales (presupuestos) contenidos en sus  historias clínicas. Le tranquilicé explicándole que los datos patrimoniales contenidos en una historia clínica no estaban sometidos a secreto, pero que sí lo estaban los datos clínicos.  

Hablando de juzgados y terminando este folio y medio, hace tiempo, hablé con un psiquiatra, que había elaborado un informe para un proceso matrimonial de divorcio. El informe lo había redactado a instancias del esposo, revelando datos comprometedores de la esposa, que a su vez había sido paciente suya. Fue demandado por la mujer y ayer recibió la sentencia, en la que le condenaban por  vulneración de datos privados de una persona, conocidos a través de la actividad profesional.

A veces no sabemos que hacer con los secretos del día a día y los archivamos en algún lugar de la corteza cerebral, creando fabulosas comunidades de vecinos, donde conviven, neurólogos, viudas pirómanas, psiquiatras comprometidos y gestantes que heredan perjuicios por vía umbilical…y luego por fuera parecemos tan normales…y nadie imagina el tesoro que transportamos…que raros somos…