Carta abierta al director
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- Escrito por Dra. Dña. Elena Muñez Rubio
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Los Colegios Profesionales tienen un papel muy concreto en la sociedad, por más que sus detractores argumenten su alejamiento de los problemas reales de los colegiados a quienes representen. Esta aseveración no es ajena al Colegio de Médicos de Madrid. Desde siempre, el ICOMEM ha tenido y sigue teniendo un peso específico y una relevancia especial en la estructura colegial y en la propia sociedad por razones obvias, a las que no son ajenas: el número de colegiados, el prestigio profesional de los mismos, su capacidad hospitalaria y la innegable influencia social del médico. No deja de ser curioso contemplar como quienes critican más virulentamente la colegiación obligatoria o se afanan más diligentemente en propalar todo tipo de argumentos para denostar y ningunear la institución, sean los que más enconadamente luchen por conseguir su control.
El ICOMEM ha sabido mantener a lo largo de su historia la independencia necesaria para cumplir los fines derivados de su propia naturaleza, entre los que destaca de manera especial la defensa de una profesión, no siempre bien entendida, del hombre al servicio del hombre. Es así, como cada cuatro años, en las periódicas y preceptivas elecciones para la renovación de la junta directiva, tengamos que contemplar batallas, aparentemente incruentas pero de hondo calado, donde apenas emergen las tensiones desencadenadas por los grupos de presión que pretenden acceder al control del colegio. Partidos políticos, sindicatos, entidades de seguro libre, industria farmacéutica, prensa especializada y un sinfín de intereses bastardos se movilizan en apoyo de unos u otros candidatos. Es, precisamente, en esas condiciones cuando un sector de la colegiación, quizás el menos implicado en la vida colegial pero el más activo profesionalmente, acude a las urnas con un instinto especial para mantener la independencia institucional.
Hago estas consideraciones, para resaltar la labor de la profesora Doña Juliana Fariña, primera mujer en acceder a ese puesto de responsabilidad, que ha sabido mantenerse y mantener esa independencia sin la cual el Colegio quedaría desnaturalizado. En circunstancias nada favorables, la doctora Fariña, ha enriquecido la vida colegial con actividades muy diversas implicando a las familias de los colegiados: Ha dedicado un capítulo importante de su gestión a la formación continuada con la creación de la primera fundación en un Colegio de Médicos cuyos cursos sobrepasan ya las 9.000 inscripciones anuales. El impulso y desarrollo de la actividad científica, sobre todo en los jóvenes, le obsesiona, y así el Colegio cada año reparte 150 becas a comunicaciones a congresos y miles de euros, en los premios denominados PRM, a trabajos publicados por Médicos Residentes. Estos premios se entregan en la fiesta anual de los nuevos colegiados que se realiza cada mes de octubre.
Unido a lo anterior, ha reducido la cuota colegial en dos ocasiones lo que tampoco era moneda corriente en los Colegios, y ha minimizado la deuda histórica y a la vez aumentado los servicios a los colegiados, como ayudas a partir del cuarto hijo y a los hijos de médicos con mejores calificaciones o la creación de la sede móvil y la apertura de varias subsedes colegiales. Todo ello, según afirman sus colaboradores, por el rigor y austeridad casi extrema con el que decide cada gasto que se propone. Pero, también de forma un tanto original, nos invita desde el año 2.000, a través de la revista mensual del Colegio, que al accidente de trabajo lo consideremos como un enfermedad a cuya prevención nos dediquemos todos los médicos de Madrid. En fin, ha abierto el colegio a la sociedad y entroncado el edificio histórico de la Medicina Española al entorno especialmente atractivo del Madrid cultural por excelencia.
Vienen estas reflexiones a colación porque, próximas las elecciones, volveremos a asistir al movimiento sísmico provocado por los salvadores de turno de la institución que, apoyados por grupos de presión, intentaran con cantos de sirena desorientar al médico, único y principal valedor de la institución que le representa.
La doctora Fariña con una labor constante, callada y responsable, sin alharacas ni apariciones mediáticas innecesarias pero con una idea muy clara de lo que el colegio representa, ha sabido mantener el prestigio de la institución ante los poderes públicos, su independencia ante diferentes circunstancias perturbadoras y el papel de árbitro ante determinados sucesos alarmantes para la sociedad; abriendo las puertas del colegio a una sociedad a la que pertenece y de la que se constituye en garante del buen hacer médico.
Fdo. Dra. Doña Elena Muñez Rubio.
Col. Nº 28/53171.

